
-¿Dónde estamos? -pregunto con una voz que resulta extraña a mis oídos.
-Estamos aquí -contesta como si eso lo respondiera todo y, en cierto sentido, así es.
Coge su puñal y dibuja un círculo en la tierra a mi alrededor.
-¿Qué haces? -pregunto.
-Este círculo simboliza la unión de nuestras almas -responde.
Me rodea con siete círculos y se introduce en el cercado del séptimo. Nos miramos cara a cara. Presiona sus palmas contra las mías.
No sé si estoy soñando.
Desliza una mano por detrás de mi cuello y me empuja hacia él con suavidad. Sus manos se enredan en mi pelo y acaricia los mechones entre los dedos como si fuera seda fina que deseara adquirir. Poco después, su boca está en la mía, hambrienta, profunda, penetrante.
Éste es un mundo nuevo y yo viajaré por él.
No sé qué desearía que me dijera: "Te quiero. Eres hermosa. No me dejes nunca". Parece que puedo escuchar todo eso y, sin embargo, él solo dice una palabra, mi nombre, y me doy cuenta de que nunca lo he oído decirlo de esa forma: como si fuera conocida. La piel de su pecho es suave bajo el peso de mis dedos. Cuando mis labios rozan el hueco de su garganta, emite un sonido entre un suspiro y un gruñido.
-Gemma...
Sus labios recorren mi cuerpo en una borrachera de besos. Mi boca. Mi mandíbula. Mi cuello. La parte interna de mis brazos. Lleva sus manos hasta el nacimiento de mi espalda y me besa el vientre a través de la basta tela de mi vestido, haciendo que mis venas chisporroteen. Me aparta el pelo y calienta el dorso de mi cuello con su boca, arrastra sus besos por mi columna mientras sus manos sostienen suavemente mis pechos. Las cintas de mi corsé se han soltado. Ahora soy capaz de aspirar su olor. Kartik se ha despojado de su camisa. No soy consciente de cuándo lo ha hecho y, por alguna razón, olvido avergonzarme de ello. Sólo percibo su belleza: la suavidad de su piel tostada, la amplitud de sus hombros, los músculos de sus brazos, tan diferente a mí. El suelo cubierto de rosas es suave y cede bajo mi cuerpo. Kartik se aprieta contra mí y siento como si pudiera hundirme hasta el centro de la tierra. Sin embargo, me uno a él, sintiendo la calidez hasta que creo morir.
-¿Estás segura...?
Por una vez, no me aparto. Lo beso de nuevo y permito que mi lengua explore la calidez interior de sus labios. Kartik parpadea y luego los abre de par en par, con una mirada que no puedo describir, como si acabara de contemplar algo precioso que creyera haber perdido. Entrelaza su cuerpo con el mío. Mis manos se aferran a sus hombros. Nuestras bocas y cuerpos hablan por nosotros en un lenguaje nuevo cuando los árboles dejan caer una lluvia de pétalos que se introducen en nuestros cuerpos resbaladizos como una segunda piel que llevaremos para siempre. También yo he cambiado.
Dulce y lejano.

