
(...) Y entonces la besé. Mis labios rozaron los suyos en una caricia suave, controlada. Incluso en aquel momento, no pude evitar analizar la situación, preguntarme cómo reaccionaría Grace y qué pensaría de mi, maravillarme ante el temblor que me había tensado la piel, contar los segundos que pasaban desde que nuestros labios se tocaron hasta que ella abrió los ojos.
Grace me sonrió y habló con suavidad, pero también con aire burlón.
-¿Eso es todo?
Volví a posar mis labios en los suyos, pero esta vez el beso fue muy distinto. Fue un beso que valía por seis años, un larguísimo instante en el que sus labios cobraron vida bajo los míos y saboree en ellos naranja y deseo. sus dedos se enredaron en mi pelo y luego se anudaron en mi nuca, vivos y frescos sobre mi piel tibia. Me sentí salvaje y manso, hecho jirones y completo al mismo tiempo. Por primera vez en mi existencia como ser humano, mi mente no se separó de mis sentidos, no se puso a componer la letra de una canción o a memorizar la situación para reflexionar más tarde sobre ella. Por una vez en mi vida,
estaba allí,
solo allí.
Entonces abrí los ojos y en aquel instante, solo existimos Grace y yo, nada más que los dos, ella con los labios apretados como si quisiera conservar mi beso en su interior, yo atesorando aquel momento tan frágil como un pájaro entre mis manos.
Temblor.
